
Sexualidad Sagrada
Crear Amor
La
sexualidad humana es mucho más que los órganos estrictamente sexuales y la
práctica del coito. Constituye una poderosa energía que abarca el cuerpo
entero, despierta y activa facultades conscienciales, y tiene en el eje periné–coxis,
como se subrayó en el contexto del Pentáculo Binario, el “asiento” desde el que
-a través de la columna vertebral, el bulbo raquídeo y el sistema de comunicación
compuesto por el cerebro de la cabeza y la glándula pineal- se desparrama por
todo el organismo, lo que ha dado lugar a la antigua tradición en torno a la
Kundalini. Esta comprensión profunda de la sexualidad, llevó hace milenios a hablar
de la Sexualidad Sagrada, que nada tiene que ver con la percepción de la sexualidad
como seducción, posesión, complemento y contento del momento: ansia de dominio
(celos), control (renuncia a espacios propios, apropiación), miedo (a la
pérdida) y ámbito egóico de nuestro pequeño yo. La Sexualidad Sagrada no es ni
caza (instinto masculino) ni apropiación (instinto femenino). Incluye las
relaciones sexuales, pero sabiendo que éstas no son sólo practicar el sexo, al
igual que esta práctica no es sólo copulación. Y en ella, “hacer el amor” se
transforma en Crear Amor: seres libres y plenos que, desde el Amor que Son,
Amor Crean. Y esta libertad y plenitud hace innecesaria la sexualidad monógama
que, realmente, es una fuente permanente de promiscuidad sexual. La Sexualidad
Sagrada es libre; y esta libertad trasciende la promiscuidad, para concentrarse
en la conexión vibracional con otro ser con el que se armoniza frecuencialmente
desde la dimensión interior de la persona y durante el tiempo –días o vidas- en
el que esa conexión vibracional se mantenga.
KUNDALINI YOGA
Los
orígenes del Kundalini Yoga están envueltos en las nieblas del amanecer de la
civilización en el subcontinente de la India. Los Yoguis dicen que Kundalini es
la energía total que el Hombre posee y que se encuentra dormida en la base de
la columna vertebral. Kundalini Sakti, la energía "femenina"
enrollada y adormecida, es el vasto potencial de energía psíquica presente en
todos nosotros. Normalmente se simboliza como una serpiente enrollada tres veces
y media, con su cola en la boca y girando en el axis central (sacro o hueso
sagrado) en la base de la columna. El despertar de esta serpiente y la manifestación
de sus poderes es un objetivo primordial de la práctica de Kundalini Yoga. Sabemos
que las técnicas básicas evolucionaron en los monasterios de la India y el
Tíbet a lo largo de un periodo de miles de años. Allí los “rishis” probaron y perfeccionaron
sistemáticamente los movimientos precisos, las posturas, sonidos y respiración
que activan distintas partes del cuerpo y el cerebro para producir resultados
específicos. El despertar de Kundalini viene cuando nosotros miramos hacia el
Alma y no hacia el cuerpo, ya que Kundalini no está en el cuerpo; no avanza en el
cuerpo. Kundalini es Consciencia y la energía consciente que, desde el manantial
de los chakras, viaja hacia senderos ignotos; hacia un Universo sin forma, sin
columna vertebral, sin fin... En el entrenamiento iniciático, la conciencia del
cuerpo debe quedar abolida para que pueda quedar lugar para la manifestación de
la energía Cósmica; las energías deben pasar por la conciencia, y no por el
cuerpo. En esta labor, la atención debe enfocarse en la conciencia: el órgano
sutil de la energía. La suma general de la energía que le permite a los seres
pensar y moverse en la Creación, no es sino el mismo soplo que arranca las
tormentas y mantiene en armonía esa Creación. Y esta energía de una consciencia
dormida en el individuo, lo limita a una acción basada en condicionamientos,
mientras que
el despertar por la consciencia le permite una clase de acción que comunica a
cada movimiento, la manifestación de esta energía que no muere nunca. El
ascenso de la consciencia por la toma de la energía de los chacras elevados al
nivel del Alma, es el poder que produce el fulgor de la conciencia del Ser y su
unión con la Creación. Este es el despertar de Kundalini.
Una
visión masculina y materialista de la sexualidad
Sin
embargo, la llamada civilización ha ido metiendo a la sexualidad en una extraña paradoja: por un
lado, se le carga con el peso de la culpabilidad y el sentido de lo pecaminoso
o, incluso, “sucio”; y, por otro, se anima de
numerosos modos a que su práctica sea abusiva, promiscua,
mecánica, limitante e
inconsciente. ¡Toda una contradicción!. Si se escarba en ella, es fácil
percatarse de que su
razón de ser se halla en una visión y una realización de la sexualidad masculina y materialista. Por lo primero, se ha degradado
el papel de la mujer y se le ha imbuido una
percepción tanto de “estar al servicio” del varón, como de pintar con tintes de “suciedad” el deseo íntimo
femenino de vivir una sexualidad diferente, más afectiva y menos física; más
selectiva y menos masiva; más “lenta” y menos
imbuida del culto a la velocidad que contamina todas las
expresiones de la sociedad
moderna. Y por lo
segundo, se ha olvidado radicalmente la dimensión sagrada de una sexualidad que, teniendo una
indudable base física e individual, permite
transcender de ella para elevarse a un plano de conexión
espiritual con la pareja, que abre
las puertas a la Divinidad y Unidad que en todo hay y Todo Es. Frente a esta visión masculina-materialista,
la auténtica esencia de la sexualidad
es espiritual y ligada al principio hermético de género –femenino/masculino-; esto es: al
equilibrio, interacción y fusión de las energías que en ella fluyen y confluyen. Se podría ahondar más sobre todo
ello, pero lo enunciado es suficiente para
entender el por qué tantas mujeres viven la sexualidad como algo raro o con dificultades para gozarla de
manera completa y realmente placentera. En el
trasfondo de ello late la necesidad de una sexualidad diferente a
la imperante. Una sexualidad
descargada de prisas y de metas propias, liberada de la carga de ser el espacio donde se “ahogan
las penas” de las frustraciones y sufrimientos
cotidianos y ajena a la dinámica que pretenden suplir en ella, en el encuentro con el otro, las
carencias de una vida incompleta y vacía. Una
dinámica tan absurda como estéril que, en último extremo, lleva al
hombre y a la mujer a
sacar sus miedos y fobias y sus instintos de conservación en forma de “cazador”: el hombre, como
cazador masivo, deseando a “muchas” aunque sólo una sea “mía”; y la mujer, como
cazador selectivo, deseando “sólo uno” pero
que sea “exclusiva y realmente mío”.
¿Qué hacer ante todo esto?.
Primero,
siendo consciente de que la sexualidad está en la persona en sí, por más que su
fuerza se desenvuelva en las relaciones sexuales con otra. Pero también puede
desplegarse en soledad (Edad del Sol), lo que no es masturbación, sino
expansión energética desde nuestra dimensión interior. En cuanto a la posible
pareja -denominación actual de lo que debe ser otra persona con la que se goce
de conexión vibracional-, no olvidar que la pareja apropiada se mide no en
términos de “enamoramiento” -que es un sentimiento en buena parte egóico (de
ahí, por ejemplo, que a veces nos enamoremos de quien nos rechaza o nos
castiga)-, sino de Sintonía Vibracional, que
es algo mucho más hondo relacionado con la Resonancia Interior y que siente en
el Corazón. Y con la pareja, practicad la Sexualidad Sagrada sin planes para el
mañana y sin necesidad de ilusos compromisos de amor de por vida (la citada Sintonía
Vibracional no tiene una duración preestablecida y se mantendrá el tiempo que
se mantenga, poco o mucho: ésta no es la cuestión ni el problema, pues la
Sexualidad Sagrada es un medio para la experiencia espiritual, no un fin en sí
misma). La Meditación de la Luz que aparece en los próximos epígrafes es sólo
un ejemplo de cómo desarrollar la práctica de la Sexualidad Sagrada.
“Hieros Gamos”: sexualidad y
espiritualidad
La
sabiduría procedente de tiempos inmemoriales -la de los egipcios y caldeos, la
de Hermes, Moisés y Abraham y la de otras numerosas fuentes espirituales-
enseña que en cada ser humano -bajo la realidad material, efímera y finita que
percibimos con nuestros sentidos- se halla una realidad subyacente de carácter
inmutable e infinito. Es el Ser: nuestro Yo Verdadero, eterno e inalterable. Conscientes
de que nuestros pensamientos y el ajetreo de nuestra mente dificultan que
percibamos ese Ser, conformando un auténtico muro que nos separa de él, sabios
e iniciados de todas las épocas han procurado y logrado saltar el mismo, romper
las cadenas de nuestro pensamiento y sensibilidad finitos, y llegar al Yo
Profundo que mora en cada uno, "establecerse" en él, como afirma el
hinduismo. Ese ha sido el objetivo de los místicos de todos los tiempos y de
cualquiera de las religiones. Para satisfacer tal objetivo, desde la antigüedad
se han buscado procedimientos y métodos que ayuden al respecto: desde la
meditación y la oración, a las prácticas respiratorias, pasando por un amplio
conjunto de técnicas, tanto individuales como colectivas. Entre éstas se
encuentra el “Hieros Gamos”, que enlaza con el Principio hermético de Género y
el uso de la sexualidad desde una perspectiva espiritual. La expresión “Hieros
Gamos” procede del griego y significa “matrimonio sagrado”. Con ella se nomina
una liturgia de varios milenios de antigüedad en la que los participantes
persiguen establecerse, aunque sea de modo fugaz, en el Ser que mora en todo ser
humano y es parte de la única Identidad Universal o Unidad Divina. Para ello,
como otros métodos y ceremoniales, el “Hieros Gamos” busca que las personas que
lo practican salten la barrera que representa nuestra mente mortal mediante el
procedimiento de liberarla de toda carga y dejarla inerte por un momento,
vaciándola de todo contenido, idea o pensamiento. Lo que distingue al “Hieros
Gamos” de cualquier otro procedimiento, es la pértiga -valga el símil
deportivo-, que utiliza para dar semejante salto: el impacto y los efectos del
gozo sexual. Para ello se acomete un ceremonial que pivota en las relaciones
físicas entre los participantes: mujeres -ataviadas con gasas blancas y zapatos
dorados- y hombres -con túnicas y zapatos negros- que guardan el anonimato bajo
máscaras. Sin embargo, aunque su manifestación externa sean las relaciones
corporales entre los ceremoniantes para alcanzar el éxtasis sexual, el “Hieros
Gamos” es un acto de alto contenido espiritual y poco o nada tiene que ver con
la imagen mostrada en películas como Eyes wide shut -donde un puñado de
neoyorkinos de clase alta dan rienda suelta a su “esnobismo”. El placer provocado
por el orgasmo es el medio, no el fin. La meta verdadera es que los
participantes se imbuyan -aunque sea por un instante- en la
única realidad auténticamente existente que mora en su interior, introduciéndose,
así, en el plano de la divinidad que se halla subyacente en todos los seres. Antiguamente,
las relaciones sexuales -además de su lógico contenido físico- se entendían
también como procedimiento idóneo para experimentar la divinidad que todos
atesoramos. Eran tiempos en los que el Principio hermético de Género estaba muy
presente en el quehacer cotidiano y en la manera de interpretar el mundo. Una
de sus manifestaciones consistía en la creencia de que el varón es
espiritualmente incompleto hasta que tiene conocimiento carnal de la divinidad
femenina, siendo la unión física con la mujer, su único medio para llegar a la
plenitud espiritual y adquirir finalmente la gnosis: el conocimiento de lo
divino. De este modo, desde los días de Isis, los ritos sexuales se
consideraron puentes a disposición del ser humano para dejar la tierra y alcanzar
el cielo. En su comunión con la pareja, el ser humano puede alcanzar un
instante de clímax, en el que su mente queda totalmente en blanco, y “ver-sentir”
al Dios interior y la Unidad Divina de cuanto Es y existe. Mediante
la comunión sexual, se consigue un momento en el que la mente queda totalmente
libre, y el hombre o la mujer "ven a Dios" -decían los iniciados
antiguos, en el sentido de transcender del cuerpo, de su materialidad, para
sentir la presencia del Ser. Desde un punto de vista fisiológico, el clímax se acompaña
de unas fracciones de segundo desprovistas de pensamiento; un brevísimo vacío
mental; un momento de clarividencia durante el que puede adivinarse el Yo
interior y disfrutar de su presencia divina y del sentimiento de Unidad de la
Creación. Los gurús alcanzan estados similares de vacío de pensamiento mediante
la concentración, y suelen describir el Nirvana como un orgasmo sin fin. En la antigüedad, el sexo se comprendía de una
manera muy distinta a la actual. El sexo engendra la vida: el milagro más
extraordinario; y los milagros son patrimonio de los dioses. La capacidad de la
mujer para albergar vida en su seno, la convierte en sagrada, divina. La
relación sexual constituye la unión de las mitades del espíritu -la masculina y
la femenina-, a través de la cual, el ser humano puede obtener la plenitud
espiritual y la comunión con Dios. En este conocimiento se basa el “Hieros
Gamos” que, lejos de cualquier tipo de perversión, es una ceremonia sacrosanta.
No sólo el Egipto antiguo practicó esta clase de ritos: también otras culturas
y tradiciones la incluyeron en su mística; entre ellas, por ejemplo, la hebrea
primitiva. Los primeros judíos creían que el “Sanctasanctórum” en el Templo de
Salomón, albergaba no sólo a Dios, sino a su poderosa equivalente femenina, la
diosa Shekinah. Los hombres que pretendían la plenitud espiritual, acudían al
templo a visitar a las sacerdotisas -“hieródulas”-, con las que hacían el amor
y experimentaban lo divino a través de la unión carnal. El tetragramaton judío
YHVH -que subyace en el “Shem Shemaforash” o “Nombre Secreto de Dios”- deriva
de una andrógina unión física entre el masculino Jah y el femenino Havah: la
denominación prehebraica de Eva. La Iglesia oficial -tras su constitución como
tal, al igual que otras grandes religiones- percibió como una seria amenaza
para su poder, el uso del sexo para comulgar directamente con Dios y percibir
el Yo Verdadero de cada cual. Tal práctica -como otras que se afanó en
desvirtuar- la relegaba a una posición francamente secundaria y, lo que es aún
más grave, deslegitimaba su papel de exclusivo vehículo hacia Dios. Por ello,
el catolicismo y las religiones modernas optaron por satanizar el sexo,
convirtiéndolo en un acto pecaminoso y sucio e intentando convencernos de que
temamos nuestro deseo sexual como a la propia mano del demonio (diversos movimientos
heréticos cristianos –por ejemplo, “el alumbradismo", en el siglo XVI-
intentaron rescatar del olvido y la marginación la interrelación entre
sexualidad y espiritualidad, siendo cruelmente perseguidos por ello). La
sabiduría heredada de tiempos atrás, y nuestra propia fisiología, nos enseñan e
indican, en cambio, que el sexo es algo bello y natural, que nos aporta fuerza
psíquica y salud física, y un hermoso y potente camino hacia la plenitud
espiritual.
Sexualidad tántrica: Meditación de
la Luz
Íntimamente
conectado con todo lo anterior se halla el denominado tantrismo. Muchos textos
y libros abordan sus contenidos fundamentales. Por ejemplo, el de Diana
Richardson titulado Tantra Amor y Sexo. El corazón del
sexo tántrico.
Siguiendo sus contenidos, el arte del tantra puede ser definido como la conjunción
de sexo y meditación. Es una experiencia espiritual, a la vez que física y
energética, donde extremos, aparentemente opuestos, se unen para formar uno
solo. Cuando esto sucede, surge un soplo mágico que nos transporta a una
“Cuarta Dimensión” en donde nos sentimos misteriosamente envueltos en un
fascinante “momento presente”. Es un momento en el que nos sentimos sensibles y
permeables porque la energía esencial del Universo, el pulso mismo de la vida,
palpita en nosotros. El tantra es “consciencia de la realidad”. Nos invita a
ser plenamente conscientes de nosotros mismos mientras realizamos el acto
sexual; a proyectar nuestra atención sobre el interior; a estar absoluta y
plenamente presentes para nuestros sentidos y sentimientos; a estar “aquí” y
“ahora”. Generalmente pensamos que meditar es estar a solas sentado en el suelo
con el tronco erguido, permaneciendo tranquilo y sin hacer un sólo movimiento…
En efecto: así podemos meditar, pero es sólo una forma de meditación.
NO EXPULSAR LAS ENERGÍAS HACIA ABAJO Y HACIA FUERA, SINO SUBIRLAS
HACIA ARRIBA Y HACIA ADENTRO
La
energía sexual es la forma más directa que la divinidad que Somos y Todo es,
manifiesta en nosotros nuestra capacidad Co-Creadora: crear otra vida. Y de la
misma forma que puede darle la vida a otro ser, sabiamente utilizada nos
revitaliza y nos transforma radicalmente a nosotros. Despierta al Dios dormido
que habita en cada uno. No llegar al orgasmo, no significa coger un “calentón”
y parar en el último momento. Eso cortocircuita todos los nadis internos y
vendrían problemas físicos. No llegar al orgasmo tal como lo conocemos, no
significa renunciar al placer igual que
comer como yo lo hago, no significa que la comida no esté deliciosa. Es una
forma de placer diferente, pero que puede ser superior al del orgasmo porque no
participa en el momento del éxtasis sólo la zona sexual, sino que lo hace cada
célula de tu cuerpo. Y cuando los cuerpos se separan, no hay cansancio
(relajación, como dice la gente), al revés: descargarías un barco sin la ayuda
de nadie. Los chinos sabían lo larga que sería la vida de un hombre en función
del número de pérdidas seminales que tuviera a la semana o cada quince días,
etc. A mayor número de pérdidas, menor longevidad. Quien recuerda cómo
practicar el sexo correctamente y siente verdadero amor –Sintonía Vibracional-
por su pareja (condición indispensable para que esto funcione), se convierte en
un ser de luz que puede vencer a la muerte física y vivir fuera o dentro de la
matriz holográfica a voluntad. Esa es la piedra filosofal de los alquimistas:
la puerta del cielo guardada por Pedro (La piedra). Cuando se practica esta
técnica, se es todo ternura. La mente está limpia. No hay pensamientos ni
palabras obscenas. Las caricias son suaves y dulces. Uno está concentrado en
cómo su energía sexual sube por la columna vertebral hasta el cáliz del cerebro
y la siente revitalizadora, vivificante. Hacen falta dos polos (hombre y
mujer), para encender la bombilla de la consciencia utilizando esta técnica, y
cuando la das por terminada, sientes que todavía quieres más que antes a tu
pareja. No hay espasmos, ni estertores, ni pierdes el control de tu cuerpo en
ningún momento. Hay una sublimación de amor perfecta. El sabor de boca que deja
esto, no tiene nada que ver con el que deja la sexualidad que acaba en orgasmo,
por más sagrada que se la quiera hacer. No tiene nada que ver. El tantra indica
tres formas de analizar nuestra sexualidad para limpiarnos o
desacondicionarnos, con efectividad, de patrones sexuales inconscientes que
afectan a la calidad amorosa de nuestra vida: +La primera de estas formas es
cuestionar el hábito de tener que alcanzar el orgasmo a toda costa; así como
darnos cuenta de que cuando vamos a alcanzarlo, estamos básicamente ausentes o
distraídos y, en consecuencia, relativamente inconscientes; +la segunda, es
cambiar la naturaleza de nuestra participación en el acto sexual; es decir: en
vez de “hacerlo”, “estar” en él; y +la tercera, es restablecer nuestra
sensibilidad genital original (inteligencia magnética) por medio de la
relajación y de la consciencia del “momento presente”. Hay muchas prácticas
tántricas. El círculo de la respiración luminosa o Meditación de la Luz, es una
de las más antiguas formas de meditación tántrica, que todos podemos practicar:
LA MEDITACIÓN DE LA LUZ O CÍRCULO DE LA RESPIRACIÓN
LUMINOSA
Preparad
vuestra alcoba como si fuese un templo; esto es: con flores, música e incienso.
Poned velas por toda la alcoba, de forma que haya suficiente luz para que os podáis
mirar a los ojos. En el centro de la habitación y en el suelo, colocad un
colchón con una almohada en cada extremo; así os podréis sentar cara a cara,
uno frente al otro. Situad una vela encendida entre las dos almohadas. Cuidad
de que haya suficiente espacio entre las almohadas para que podáis estar
cómodamente sentados con la vela en medio. Escoged una pieza de música (de unos
cuarenta y cinco minutos de duración) que abra y expanda vuestra energía. Colocad
otro almohadón o silla en ambos extremos de la alcoba, bien alejados del centro
de la misma. Preparad la alcoba con media hora de anticipación y no entrad en
ella hasta que llegue el momento indicado; durante este tiempo, la música
estará sonando. Daos una ducha, y en silencio encontraos en la puerta del
templo. Usad ropa suelta y cómoda para que os la podáis quitar con facilidad,
si ése es vuestro deseo. Poned en marcha la cinta o el CD; o, si ya había
música, dejadla que siga sonando. Acercaos lentamente a los dos almohadones o sillas
colocados en los extremos opuestos de la habitación, y meditad sentados durante
unos diez o quince minutos. Cerrad los ojos, y permitid que una sensación de
tranquilidad surja dentro de vosotr@s. Olvidaos de la otra persona y centrad la
atención en vosotr@s mism@s. Haced que vuestro estado de consciencia se deslice
hacia abajo por vuestra espina dorsal hasta llegar al vientre. Inspirad aire
hasta un nivel de cinco centímetros por debajo del ombligo. Espirad el aire
después de contar tres. Inspirad el aire después de contar tres. Mantened
vuestro estado de consciencia en vuestro vientre. Respirad de esta forma
durante varios minutos. Cuando tengáis la sensación de que estáis “llegando” a
vuestro cuerpo, abrid los ojos. Procurad que la visión sea suave y hacia dentro
como si el templo estuviese mirando dentro de vosotr@s. Poneos de pie
lentamente con la sensación de que vuestras piernas y pies están adheridos al
suelo. Emplazad un intenso estado de consciencia en el pene (el hombre) y en
los senos (la mujer) de modo que se despierte la energía que hay en ellos. Comenzad
a andar lentamente hacia el lugar donde se va a rendir culto al amor. Cuanto
más lentamente andéis, mejor, ya que durante el trayecto tenéis que desarrollar
en vosotr@s mism@s la impresión de que sois más energía, que cuerpo. Sentaos
cara a cara, uno frente al otro, en el colchón, mirando la llama de la vela que
hay entre vosotros. Cuando inspiréis, imaginaos que estáis aspirando luz. La
mujer inspira a través de la vagina, y espira a través del corazón. El hombre
espira a través del pene, e inspira a través del corazón. Dejad que la luz
circule por vuestro cuerpo; para ello, inspirad de forma sincronizada como si
la respiración le estuviese hablando a vuestra pareja. Cuando sintáis que
estáis llenos de luz, levantad vuestros ojos para que se encuentren con los de vuestra pareja, e
intercambiad energía a través de ellos.
Después de un cierto
tiempo, el hombre retira la vela del colchón. La mujer avanza un poco hacia el
centro del colchón, para sentarse cara a cara sobre las piernas del hombre, que
está sentado con las piernas cruzadas, y ambos os abrazáis el uno al otro
(postura yab yum). Seguid respirando sincronizados haciendo circular la luz; la
mujer, inspirando por la vagina y espirando por el corazón; y el hombre,
inspirando por el corazón y espirando por el pene. Continuad con el ejercicio
de respiración y haciendo circular la luz, hasta que se acabe la música. A su
debido tiempo, separaos lentamente y rendid culto a vuestra pareja dándole las
gracias y expresándole vuestra gratitud, y terminad con la correspondiente
inclinación de cabeza. Tumbaos juntos y relajaos o, si lo preferís, haced el
amor y ¡Crear Amor! Prácticas como esta maravillosa Meditación de la Luz, abren
a la sexualidad, puertas nuevas y sabias, que permiten discernir su carácter sagrado,
y todo su calado y contendido, que va mucho más allá de “practicar el sexo” o
incluso de “hacer el amor”, para transformarse en una fuente inagotable para
Crear Amor y expandirlo a toda la Creación.
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